Contemplo con estupor las algaradas callejeras en ciudades de EE.UU, Reino Unido y Bélgica, entre otros países, desencadenadas con motivo de los tristes sucesos que se saldaron con la muerte infame de dos jóvenes negros a manos de la policía, con la agravante de ser transmitidas en directo por televisión.

Despreciar, apartar y maltratar a un ser humano por razón de su raza –podríamos decir lo mismo si se tratara de cualquier otra clase de discriminación-, es abominable. Creo que cualquier persona de bien tendrá la misma opinión. Resulta lamentable que, en un país considerado civilizado y en el siglo XXI, sigan sucediendo hechos como estos, que recuerdan los tiempos, no demasiado lejanos, del apartheid, la lucha por la igualdad de derechos civiles, el Ku-Klus-Klan y otras muchas formas de discriminación y persecución en su país civilizado.

Pero los actos vandálicos contra personajes que vivieron siglos atrás, perpetrados con la coartada de las muertes de George Floyd y Rayshar Brooks, son tan execrables como los sucesos utilizados como excusa y, además, revelan un enorme desconocimiento en cuanto a la forma en que ha de contemplarse la historia.

Es imposible adentrarse en la historia desde la formación, mentalidad, nivel de conocimiento en todos los ámbitos, costumbres, valores y corrientes de pensamiento de hoy, para interpretarla y, aún más, para criticar sucesos y personajes tan lejanos.

Por otra parte, resulta injusto el trato dado a quienes se vilipendia, porque vivieron inmersos en una sociedad completamente diferente de la actual. Este comportamiento resulta hasta infantiloide, al tiempo que revela un escaso conocimiento de la historia por parte de quienes adoptan esta fácil actitud de derribar una estatua o retirarla, pintar paredes con frases denigrantes, o proferir manidos eslóganes. El túnel del tiempo puede ser válido en la televisión, como espectáculo.

Hay que recordar que el tráfico de esclavos, hace siglos y hasta bien entrado el siglo XIX, era una actividad legal y estaba muy extendida la idea de que los negros carecían de alma, por trágico, absurdo e injusto que nos parezca hoy.

España, hace meses, también vivió una corriente similar, cuando en Barcelona se retiró de su emplazamiento público la estatua del Marqués de Comillas, por iniciativa del Ayuntamiento de Ada Colau, por dedicarse a la trata de esclavos. Sin embargo no se recordó su iniciativa empresarial creadora, de gran importancia en diferentes campos de la actividad económica.

La Iglesia también ha sido objeto de críticas por su comportamiento durante las Cruzadas a los Santos Lugares y por la Inquisición, hasta el punto de exigirla pedir perdón.

¿Podría entenderse profesionalmente Cristóbal Colón con el comandante de un portaaviones o con los astronautas?, ¿llegarían a un acuerdo sobre las Cruzadas y la Inquisición los Papas de esa época y el Papa Francisco?

Quienes así actúan deberían poner el acento en el trato inhumano y consentido que se da hoy a determinados seres humanos muy cercanos a nosotros: inmigrantes ilegales contratados bajo condiciones de semi esclavitud, tráfico de mujeres dedicadas a la prostitución, trabajo infantil, desigualdades salariales y de oportunidades por razón de raza o sexo, tráfico de drogas, y tantas otras.

Derribar estatuas hace mucho ruido pero son fuegos artificiales a la hora de la verdad. @mundiario

Alfonso García

Dedico mi tiempo libre a escribir artículos de opinión en El Correo Gallego y en Mundiario.com, y monografías sobre temas diversos. Actualmente corrijo y amplío mi último libro, “Algunos abuelos de la democracia (Iglesias, Zapatero, Rajoy, Sánchez, Rivera)”, con semblanzas de “otros abuelos” de políticos de hoy, como los de Aznar, Casado, Maíllo y Lastra, entre otros. También actualizo museofinanciero.com, un museo virtual de documentos antiguos relacionados con el sistema financiero español y el ferrocarril. Gracias por tu visita.
Alfonso García López (Madrid, 1942), jubilado como notario y escritor.