La biografía de Manuel Iglesias Ramírez despierta el interés de cualquiera, por sí misma y porque su nieto Pablo Iglesias Turrión invoca con frecuencia su nombre para justificar determinadas actitudes personales y su dedicación a la política: “Un ejemplo de compromiso de alguien que se lo jugó todo por tener un país mejor”.

Si desde el punto de vista familiar es encomiable el afecto al abuelo, en el ámbito público será el lector de Algunos abuelos de la democracia quien deba expresare sobre esa supuesta ejemplaridad.

Iglesias Ramírez se formó con los jesuitas en su Villafranca de los Barros natal, en el internado de los salesianos en Utrera y en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, donde consolidó un grupo de amigos, entre los que se encontraban monárquicos, republicanos, falangistas, socialistas y comunistas.

Durante la guerra civil actuó como secretario de varios tribunales militares y presidió, con 25 años de edad, desde mayo de 1938 a marzo de 1939, el Tribunal Militar del IX Cuerpo de Ejército de la República, que tenía su base en Úbeda.

Al finalizar la guerra civil fue apresado en Úbeda y condenado a muerte el 27 de junio de 1939 en juicio sumarísimo. El 19 de diciembre de 1943 obtenía la libertad provisional y, un año después iniciaba en Madrid una nueva vida dedicada a la docencia, escribir tesis doctorales por encargo, publicar de monografías (derecho laboral, eutanasia, aborto, problemas conyugales, por ejemplo) y colaborar con el Instituto de Estudios Políticos bajo la protección del catedrático Carlos Ollero Gómez.

En los años 50 entró como funcionario en el Ministerio de Trabajo –el ministro del ramo en ese momento era José Antonio Girón de Velasco–, Seguro Obligatorio de Enfermedad, donde desarrolló una carrera profesional que le permitió dar estudios universitarios a sus hijos y residir en el barrio de Salamanca.

Entre quienes intercedieron por él durante su encarcelamiento y cuando salió en libertad, se encontraban personas muy conocidas del régimen: Pedro Gamero del Castillo, Ezequiel Puig Maestro-Amado y Carlos Ollero Gómez, por citar sólo algunos; otros fieles amigos firmaron avales políticos en los que afirmaban su condición de “adicto al Glorioso Movimiento Nacional”.

Durante los años setenta apareció con cierta frecuencia en las crónicas de sociedad de ABC –ver hemeroteca digital– como testigo de bodas de hijos de altos funcionarios del régimen, de la burguesía e, incluso, de la nobleza.

La frase de Jean Paul Sartre con la que inició la semblanza de este abuelo de la democracia, creo que sintetiza su vida: “Todos los medios son buenos cuando son eficaces.” @mundiario

Alfonso García

Dedico mi tiempo libre a escribir artículos de opinión en El Correo Gallego y en Mundiario.com, y monografías sobre temas diversos. Actualmente corrijo y amplío mi último libro, “Algunos abuelos de la democracia (Iglesias, Zapatero, Rajoy, Sánchez, Rivera)”, con semblanzas de “otros abuelos” de políticos de hoy, como los de Aznar, Casado, Maíllo y Lastra, entre otros. También actualizo museofinanciero.com, un museo virtual de documentos antiguos relacionados con el sistema financiero español y el ferrocarril. Gracias por tu visita.
Alfonso García López (Madrid, 1942), jubilado como notario y escritor.