El desierto es desolación y monotonía: el paisaje sólo lo cambia, caprichosamente, el viento, que modifica la ondulación de las dunas sin que apenas lo aprecie el ojo humano. La escasa flora, generalmente cactus y arbustos secos y huesudos, junto a formaciones rocosas de aspecto lacerante, aumentan el ambiente de agresividad y hostilidad.
En mi opinión, la cosa política, en España y en este momento, se asemeja mucho a un desierto. Las fuentes de las ideas se han secado; las tormentas de arena impiden a la clase política distinguir entre el bien y el mal, el amigo y el adversario, la verdad y la mentira.
El efecto espejismo que sufren quienes caminan entre las dunas, les hace ver una realidad distorsionada, de manera que califican de éxito el fracaso, de posible lo utópico, de lícito lo ilícito, de constitucional lo inconstitucional,…
El siroco, viento dominante del desierto, parece haberles enloquecido, dada la irritabilidad radical que muestran en los debates y los improperios e injurias que utilizan para dirigirse, eso sí, a “su señoría”.
Se agotó el período que vivimos en el oasis de la Transición y las caravanas de partidos, clase política e ideólogos, nos recuerdan a los beduinos inexpertos sin los conocimientos naturales elementales, lo que les obliga a vagar sin rumbo.
-Hacen de la mentira, “verdad”, porque creen que los españolitos no tenemos madurez para distinguir ambos conceptos.
-Las más altas instituciones del Estado se encuentran fuertemente erosionadas, por un uso partidista de las mismas: la Corona, el T.C., CGPJ, el sistema judicial, la Fiscalía General del Estado, Las Cortes, que no se aviene ni con el espíritu ni con la letra de la Constitución.
-En las sesiones de control al Gobierno, no importa lo que se pregunte, porque siempre se responde cualquier cosa, generalmente, “y tú más”.
-Lo que empezó siendo bulo, recorte de prensa o maledicencias, ha llegado a los tribunales, en muchos casos, con visos aparentes de constituir delito o, al menos, una falta absoluta de ética por parte de quienes deberían ser ejemplares. El lenguaje que nos muestran los medios de prueba que se van aportando, produce sonrojo a cualquier persona decente, dado el tono de aparente impunidad y desprecio que utilizan.
-Algunos tienen un sentido patrimonialista de sus cargos y, además, no distinguen el escenario en que actúan, de manera que, en el despacho oficial y en las ruedas de prensa posteriores a los consejos de ministros, ponen a caer de un burro a un partido o defienden a capa y espada a los familiares de su jefe que están imputados, como si estuvieran en un mitin o en la sede del partido.
-También los españolitos de a pie tenemos nuestra cuota de responsabilidad: la desidia en el trabajo, público y privado, se va extendiendo como una mancha de aceite que no se detiene, alimentada por unas condiciones laborales inadecuadas. Se ha perdido el sentido del trabajo bien hecho, la puntualidad, la responsabilidad y la idea de servicio.
-La ideología empapa una gran parte de las medidas que se adoptan, incluso las que sólo admiten una implementación con criterios de eficacia y eficiencia.
-La insolidaridad entre territorios y personas es una realidad que puede agravarse.
-Los muros y las barreras de seguridad a los partidos representados en Las Cortes, son, por principio, antidemocráticos.
-El recuerdo permanente del pasado ni siquiera sirve de lección.
-Practican lo que criticaron antes.
-Negligencia, incompetencia e irresponsabilidad por parte de un gran número de cargos públicos, a la vista de la gestión en sucesos recientes.
-Mucha locuacidad y pocos planes de futuro, porque, es cosa sabida, a largo plazo todos estaremos calvos.
No podemos consentir que el viento enloquecedor del desierto afecte también a los votantes; es momento para la reflexión serena pero enérgica, porque estamos iniciando un viaje a ninguna parte. @mundiario


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