Disfraza sus intervenciones con un ropaje que enmascara sus verdaderas intenciones: dominación y control de la riqueza de los países sobre los que actúa, ya sean tierras raras, petróleo, uranio enriquecido, oro y otras explotaciones minerales, turismo de lujo, en Ucrania, Irán, Venezuela, Gaza o Cuba.
Diferentes especialistas caracterizan su personalidad por su egolatría; necesidad de atención permanente; no admitir otras perspectivas sobre el mundo distintas de la suya, es decir, subjetivismo radical; no tolerar la frustración, por lo que reacciona con ira; comportamiento impulsivo; extravertido, pero carente de amabilidad, cercanía personal; tendente a la dominación, al liderazgo autoritario y a la ridiculización de sus oponentes.
Hay profesionales que encuadran su personalidad en un narcisismo con rasgos antisociales. Si analizamos algunos de sus comportamientos más recientes y llamativos, comprobamos que encajan en el perfil psicológico descrito.
Ha despreciado y ridiculizado al Papa, con imágenes en las que Trump se reviste con el atuendo papal; ha dicho de él: “es débil con el crimen y terrible su política exterior”. Quien se dice cristiano, ha llegado a presentar su propia imagen como la del Jesús del Evangelio, curando enfermos.
En visitas de mandatarios extranjeros a la Casa Blanca ha adoptado actitudes contrarias a la diplomacia y a los buenos modales: Primera Ministra japonesa, a la que recordó el ataque a Pearl Harbour; presidente Zelensky, de quien hizo una estúpida broma sobre su vestuario. A Justin Trudeau, en una visita a Canadá el año 2018, le calificó de “débil y deshonesto”.
Está dispuesto a acabar con la civilización persa, 35 siglos de historia de la humanidad, como afirmó hace podo en una declaración agresiva e irreflexiva.
¿Quién no recuerda la inserción en las redes sociales su imagen y la de Netanyahu, en bañador, bebiendo en un edén de palmeras y las ruinas de Gaza al fondo?
Trasladó su materialismo y prepotencia a un grupo de niños, vimos las imágenes en televisión: podréis vender mi autógrafo por 25.000 $.
Recientemente, en una reunión internacional en Florida, dijo “no tengo tiempo para aprender vuestro maldito idioma”, refiriéndose al español, el idioma de más de 600 millones de personas, casi 60 de ellos en EE UU.
Desde enero de 2025 ha destituido en torno a un 30 % de sus altos cargos. A los miembros del Tribunal Supremo, tres designados por él, dado que no puede destituirlos, los ha denostado porque no comparte sus fallos; lo mismo está ocurriendo con el Presiente de la Reserva Federal, por no plegarse a sus deseos.
Llegó con la amenaza de adueñarse del Canal de Panamá y anexionarse Groenlandia y Canadá; la UE ha dejado de ser un aliado para convertirse en adversario y quiere negociar su salida de la OTAN.
Muchas de sus intervenciones resultan extravagantes, amenazadoras o despectivas, por su tendencia a la improvisación, agresiva gestualidad, incontinencia ante quienes tienen ideas diferentes, por sus saludos de apariencia dominante, uso del dedo índice y el puño, y chaqueta desabrochada.
Según una encuesta de NBC News, el 67 % de los americanos no aprueban su gestión. Sus admiradores de EE UU y del resto de mundo dicen que sabe lo que quiere -poder político y económico, naturalmente- y que es un hábil negociador como empresario poderoso y con éxito: por eso le votaron. Pero hoy, con los datos expuestos, un buen número de sus seguidores se han deshecho de la gorra de beisbol, han dejado de admirar su populismo y desprecian su afán dominador. @mundiario


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