“El que tiene el estómago dependiente de ajenas despensas, no puede hacer lo que quiere, no puede el día de las elecciones votar a quien quiere; el que tiene la llave del estómago tiene la llave de la conciencia”. Gran verdad proclamada por un hombre genial.
Joaquín Costa (1846-1911), “el león de Graus”, pensador, político, historiador, jurista, pedagogo, filósofo y sociólogo -más de 28 libros, además de numerosos artículos, colaboraciones y conferencias-, que lideró un movimiento político encaminado a la regeneración de España, sumida, entre siglos, en una situación lamentable por el balanceo connivente entre liberales y conservadores.
Su lema “escuela, despensa y cerrar con doble llave el sepulcro del Cid, para que no vuelva a cabalgar”, contiene todo un plan de actuación para salvar a España. Educación y bienestar, los llamamos hoy; en cuanto a la alusión al Cid, supone un llamamiento para guardar las viejas y tradicionales disputas en que los españoles nos hemos visto inmersos a lo largo de la historia: territoriales, conflictos armados entre territorios, laicismo-confesionalidad, centralismo-autonomía, desigualdad social, polarización ideológica, disputas dinásticas,…
Mantuvo una lucha dialéctica permanente contra la oligarquía gobernante y el caciquismo, a quienes atribuía una gran parte de la corrupción existente.
Aconsejaba a los políticos cómo debían tratar con los ciudadanos: “Que el gobernante gobierne vestido de blusa, calzón corto y alpargata, sin más uniforme que ése”. Gobernar con realismo y eficacia para resolver los problemas cotidianos de la gente, lo que implica acercarse, escuchar, conocer y responder, más que pronunciar farragosos discursos y generar enfrentamientos con los adversarios.
Resumamos algunas de sus propuestas concretas en el ámbito de la reforma de la administración: más recursos para educación e investigación productiva; descentralización y desburocratización; poder judicial independiente; mejora de la legislación social; imperio absoluto de la Ley y la Constitución…
En el ámbito económico centró sus propuestas en el desarrollo de la agricultura, tal vez porque hasta los 18 años él mismo vivió con su familia la penosidad y miseria del campo español: colonización; inversiones; política hidráulica; formación a los campesinos; repoblación forestal; implantación de nuevos cultivos…
También tenía su opinión sobre los españoles: “… raza atrasada, imaginativa, presuntuosa y, por ello, perezosa e improvisada, incapaz para todo lo que signifique evolución, para todo lo que suponga… labor silenciosa y perseverante, hemos fiado nuestros adelantos a la importación de lo que descubrían y practicaban los extranjeros… sin la fatiga del hallazgo.”
Atribuía a los ciudadanos la responsabilidad de regenerar las instituciones, para lo cual deberían tomar conciencia de la verdadera necesidad de hacerlo y de movilizarse en consecuencia.
Merece la pena conocer al personaje. Vivió pobremente, padeció los dolores derivados de una enfermedad crónica degenerativa y no consiguió -pese a su monumental preparación- cátedra en la universidad; su soledad afectiva, dado que sus sentimientos no encontraron correspondencia, le empujó a centrarse totalmente en el trabajo intelectual y hasta pensar en el suicidio.
Sus dos principales biógrafos, Manuel Ciges Aparicio y G.J.G. Cheney, le calificaron como “gran fracasado” y “gran desconocido”, respectivamente. Me permito considerarle como “Un soñador para un pueblo”, tomando prestado el título del drama histórico de Antonio Buero Vallejo, pues Costa, como Esquilache un siglo antes, pretendió modernizar la España de su tiempo, si bien el primero por la vía democrática y el segundo por el camino de la imposición. @mundiario


Muy bueno Alfonso