Una de las características de la sociedad actual es la super especialización, sobre todo en contextos académicos, laborales, científicos, médicos y tecnológicos.
Entre las causas que explican este fenómeno, se encuentran el desarrollo de la investigación científica y técnica en números campos, conseguir una mayor eficiencia en la utilización de los recursos y la necesidad de dar respuesta a la complejidad creciente de los sistemas productivos.
Uno de los riesgos que entraña, es lo que se denomina miopía profesional, que consistiría en perder la visión global, lo que a su vez puede generar dificultades para comprender e inter relacionar unas áreas con otras. Dicho de otra forma: al centrarse en los detalles técnicos, se puede llegar a ignorar el contexto social, económico, cultural, humano, etc.
Por el contrario, la super especialización, profundiza en el conocimiento; potencia el avance en los terrenos científico, médico y tecnológico, entre otros; facilita la competencia en ámbitos concretos; mejora la productividad y otorga prestigio y reconocimiento profesional.
Adoptar una visión más generalista de la vida facilita el acceso a una percepción global de los problemas, lo que mejora su comprensión, el aprendizaje continuo, la creatividad y una mayor capacidad para entender el mundo en que vivimos. Simplificando: equilibrio entre el saber técnico y el humanístico.
Como sucede casi siempre, la situación ideal sería la transversalidad y el equilibrio, combinando la solidez del especialista con la flexibilidad y la visión global del generalista.
En el ámbito personal, la super especialización en cualquier campo puede “jibarizar” el conocimiento, dificultar la comunicación social y la comprensión del mundo en que se vive, aumentar las dependencias de otros seres humanos y perder la idea del sentido común.
Esta cualidad del sentido común, insuficientemente reconocida, que se basa en la capacidad de aplicar principios simples, lógicos y prácticos para orientarse en la vida de cada día, está estrechamente relacionada con una formación generalista, de modo que, unidas, facilitan la adopción de decisiones equilibradas y comprensibles.
Quien sólo se mueve en un campo muy especializado, puede llegar a carecer de la visión amplia del generalista y a perder de visto lo obvio, lo inmediato, lo evidente y hasta olvidarse del sentido común.
El sentido común y la formación generalista se refuerzan mutuamente, al favorecer el equilibrio y conectar el saber con la vida real.
Si en la actividad política se aplicara este principio para resolver una gran parte de los problemas que interesan y preocupan cada día al ciudadano, y se olvidara la introducción de la ideología en las soluciones, resultaría más sencillo mejorar el bienestar colectivo.
El Quijote es pródigo en decisiones tomadas conforme al sentido común, tanto por parte del caballero, en ocasiones, como por parte del simplón y torpe Sancho, con mucha frecuencia, sobre todo durante su etapa en el gobierno de la ínsula Barataria: recordemos los juicios de la ramera y su acompañante, el del sastre y cliente y el de prestamista y prestatario.
El que fue primer ministro británico, Benjamín Disraeli definió el sentido común, con un enorme sentido común: “Es la sabiduría con ropa de calle.” @mundiario


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