En mi niñez de posguerra se utilizaba el cartón piedra para fabricar juguetes, muñecos, máscaras… pero recuerdo especialmente las montañas utilizadas en el Belén. Unos montes muy aparentes, con un verdor fresco, que permitían, con la ayuda de la imaginación infantil, trasladarnos a los lejanos países desde los que caminaron los Reyes Magos.
La alianza entre los artesanos del cartón piedra y la ingenuidad infantil, creaba un mundo que creíamos real.
Hoy los ciudadanos somos todos ingenuos observadores de una falsa realidad: atractiva a primera vista, pero hueca en su interior, como las montañas de cartón piedra.
¡Cuántas vidas de cartón piedra nos rodean!, en todos los ámbitos: actores, cantantes, famosos por obra y gracia de los medios de comunicación, blogueros, “influencers”, miembros de la “¿alta sociedad?”… Parecen una cosa y son otra.
En las últimas semanas hemos comprobado que entre los políticos hay mucho cartón piedra: falsos personajes con apariencia de dignidad.
Hablan con muchas prisas; gesticulan con unos aire de probidad impostada; sus discursos son siempre altisonantes, enlazando palabras que no siempre tienen sentido y repitiendo consignas, en una palabra: verborrea; esdrujulizan las palabras, en la creencia de que así convierten en trascendente lo que dicen; siempre están trabajando para mejorar la vida de los ciudadanos; exigen a la plebe un comportamiento ejemplar, sobre todo en la esfera fiscal, civismo, tolerancia…
Estamos comprobando cuánta mentira había en los currículos de unos cuantos -y lo que falta: estudios incompletos; falsificación de titulaciones; licenciaturas no terminadas y en algunos casos hasta no iniciadas; másteres que se quedaban en diplomas expedidos por centros no universitarios; cargos en la Administración sin la titulación legalmente exigida… Naturalmente, tienen que rodearse de decenas de asesores.
En numerosos casos, los “cartón piedra” han callado hipócritamente, ante la enumeración de sus títulos en los medios de comunicación y tuvieron ocasión de aclarar la situación, pero no lo hicieron. Lo hacen ahora, a remolque de los acontecimientos.
El debate surgido, en vez de centrarse en la mentira -ni error, ni equivocación- que supone semejante comportamiento, se ha desplazado a la discusión acerca de si es necesario tener algún título para ser diputado, senador o ministro.
Obviamente, no hay ninguna norma que establezca esa condición, ahora bien, quienes seleccionan a los candidatos deberían asegurarse de que los elegidos tienen la formación necesaria para el desempeño del puesto. Por otra parte, el elegido, antes de aceptar, debería tener la humildad de reflexionar acerca de sus capacidades.
En muchos casos, los que eligen buscan gente sumisa y los elegidos, aceptan la prebenda que les acerca a la escalera por la que irán ascendiendo.
Cuando salen de la política, con corbata, traje de alpaca cortado por un buen sastre y sin ninguna formación previa que les avale, son muchos los que ocupan cargos en consejos de empresas públicas o privadas o se dedican al asesoramiento -así lo llaman ellos-, cuando su verdadero nombre es el de conseguidores con listín telefónico y favores sembrados previamente. Estos días se ha hablado de algunos ex ministros, del PSOE y del PP.
Recientemente, la ínclita Yolanda Díaz afirmaba “me encantaría tener un ministro albañil o una ministra limpiadora”. Tiene mala memoria, porque ya ha habido ministros con oficios manuales y, hasta hace unos meses, un subdirector general en el Ministerio de Transportes, ”asesor” del ministro – aizkolari, portero de club de alterne, guardia de seguridad, y chófer -según ha difundido la prensa. ¿Sobre qué asesoraría?
Lo importante, señora Díaz, tertulianos y políticos, es la idoneidad, la honradez y la vocación de servicio público. @mundiario


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