Las fábulas se han utilizado a lo largo de la historia en la enseñanza, como herramienta moralizante, es decir, para la divulgación y enseñanza de valores permanentes y universales, así como para denunciar comportamientos antisociales.
Entre los fabulistas más recordados por quienes aprendimos con ellas, se encuentran Esopo, Fedro, Jean de la Fontaine, Tomás de Iriarte y Félix de Samaniego.
A partir del último tercio del siglo XX, su uso didáctico fue perdiendo fuerza, debido a que se daba preferencia al análisis crítico personal en relación con las verdades cerradas, tradicionales, comúnmente aceptadas. Hay que añadir la irrupción de una variada y abundante literatura infantil y los nuevos medios narrativos. En resumen: hoy, las fábulas y las moralejas no están de moda y hasta se consideran un género simple.
La fábula es un relato breve, de ficción, protagonizada casi siempre por animales, con escenificación en la naturaleza, cuya intención es moralizante. Su lenguaje, claro y sencillo, resulta fácilmente memorizable.
Otra característica es su versatilidad adaptativa a diferentes épocas, ambientes y circunstancias, lo que permite que conserven, siglos después de ser escritas, su valor, aplicabilidad y frescura, pues versan sobre valores universales e intemporales y también pueden incluir crítica social.
Su estructura es sencilla: situación inicial, conflicto entre los protagonistas, desenlace y moraleja.
Entre los valores más frecuentemente tratados, citemos esfuerzo, prudencia, perseverancia, verdad, humildad, sinceridad, libertad, respeto, gratitud y fidelidad. Entre los antivalores: arrogancia, envidia, mentira, hipocresía, avaricia, egoísmo, soberbia, …
En un tiempo en el que se defiende a ultranza la naturaleza, no estaría de más que se utilizaran las fábulas -repito, escenario, la naturaleza, protagonistas, su fauna- para inculcar en los niños el amor a lo natural y valores esenciales como los que he citado, universales e intemporales.
También los políticos deberían recordar las fábulas, al menos, las más directamente relacionadas con sus tareas. Recordemos al maestro Esopo (siglos VII y VI a.C.), cuyos relatos adaptaron otros posteriormente: “El caballo y el asno”, solidaridad compartida y responsabilidad colectiva; “El pastor mentiroso”, manipulación del miedo y credibilidad; “El buen rey león”, sobre la necesidad de justicia y prudencia en el ejercicio del poder.
Jena de La Fontaine: en “El lobo y el cordero”, trata el abuso de poder; “El lobo con piel de cordero”, rechaza la corrupción y la hipocresía hipocresía; “El cuervo y el zorro”, refleja la adulación; en “La rana que quería se rey”, se desecha la ambición y vanidad; “Los animales enfermos de peste”, denuncian la desigualdad en la justicia.
No nos olvidemos de los nuestros. “La cigarra y la hormiga” de Samaniego enseña a la clase política que hay que planificar a largo plazo; “La zorra y las uvas” debería ser una lección para reconocer con humildad lo que no son capaces de hacer, en vez de usar el “no están maduras”. Iriarte en “El burro flautista”, nos habla de las engañosas capacidades y apariencia de muchos de los que gobiernan.
Por si no las recuerdan, deberían entregarles una mochila para guardar una recopilación de las más interesantes, que llevarían siempre colgada por delante, para recordar permanentemente los vicios en los que no deben caer. Por cierto, La Fontaine, en su fábula “La mochila”, recomienda llevar colgada por delante la de los defectos propios, para no olvidarlos, y la de los vicios ajenos en la espalda para no criticar a los demás.


Totalmente de acuerdo,
Un privilegio recibir, cada semana prácticamente, una reflexión tan bien documentada como estructurada. ¡Fantásticas también las ilustraciones!
Ojalá se publique un libro recopilando todas. ¡Qué bueno sería releerlas… varias veces!!!
¡Muchas gracias!
Es de agradecer el leer en tiempos tan inciertos ,mutantes y ambiguos, ese recurso al que consideramos lleno de sabiduría e intemporalidad como es la fábula.Pensemos que lo que transmite es considerado ya por el común de los lectores como un acto de reflexión que nos haga ser más sosegados,serenos y sabios antes de hablar o adoptar decisiones precipitadas con finales desastrosos e irreversibles.Gracias.