Hace unas semanas oí en la cadena SER a una activista feminista defender con entusiasmo la postura que mantiene Sophie Lewis en su libro “Abolir la familia”, con estas palabras: “Hay que abolir la familia tradicional de una vez. No está funcionando. Nadie necesita esta cosa de padre, madre… necesitamos romper esto.”
La idea no es novedad, pues han existido diferentes corrientes sociológicas en esa línea, a lo largo del tiempo. Ahora resurge e, incluso, se ha iniciado con la redefinición del concepto de familia como consecuencia de los cambios sociales y legales vividos en numerosos países. La tendencia actual, según la citada feminista, es priorizar la “comuna de cuidados”, llamada también red de apoyo, sobre la opción genética.
Veamos algunos de los tipos de familia reguladas en la Ley de Familias de España: biparental; monoparental o “monomarental”; LGTBI; reconstituida; múltiple, entre otras.
Hemos pasado, de considerar la familia como nacida de la naturaleza humana e institución basada en el Derecho Natural y reconocida por el Estado, a la familia como realidad social, cambiante con los tiempos y las corrientes sociales y definida por la ley.
La evolución del concepto de familia ha corrido paralela a la consideración del papel del hombre y la mujer en la sociedad y en el seno de la familia.
Era común hablar de personas, en las que se resaltaban sus valores, principios de vida y función de cada uno en el seno de la familia -educar, proteger, dar afecto, transmitir la idea de pertenencia a ella, …. Según el Derecho Natural, la unión estable de dos adultos no es una creación de la ley, sino una realidad humana básica.
El término ciudadanos sustituye al de personas, para destacar su condición de sujetos de derechos y obligaciones.
Hoy se usa el vocablo ciudadanía, amorfo, para referirse al conjunto de seres humanos sometidos a unas regulaciones del Estado que crea conceptos cuyo contenido está en clara oposición con la naturaleza de las cosas, su elencia o la biología – igualdad, sexo, identidad, paternidad/maternidad, filiación, matrimonio, capacidad,…, entre otros. Una expresión, la de ciudadanía, que podría sustituirse por la de individuos, para resaltar más, aún, el conjunto, lo impersonal del término, la pretendida igualdad.
Sophie Lewis y sus seguidoras, como la española Julia Castro, afirman que hay que “nadie necesita esa cosa de padre y madre”, es decir, según ellas, son meros engendradores, partes en un acto biológico; y, cumplida su misión, los nuevos seres serán apoyados por la “comuna de cuidados”.
La tendencia actual consiste en priorizar la «comuna de cuidados» o la red de apoyo, sobre la genética, los padres.
Habrá quien piense que esto de “abolir la familia” es una absurda genialidad de grupos marginales, pero basta repasar la historia más reciente de la evolución de la familia, para llegar a la conclusión de que una gran parte del hoy, también nos pareció absurda ayer.
¿Recuerdan aquella frase de la Ministra de Cultura Isabel Celáa “los niños no pertenecen a los padres? Fue en el año 2020. ¡Nos hizo gracia!
Una gran parte de las regulaciones actuales son contrarias al sentido común, a las leyes genéticas, a la naturaleza, al Derecho Natural e invaden ámbitos que no le corresponden al Estado, invocando su concepto de igualdad y libertad. @mundiario


0 comentarios