La geopolítica del hambre: Marruecos y el empleo de fosfatos como arma estratégica.

17 febrero 2026

Mundiario

Los teóricos de la geopolítica contemporánea tienden a centrar el análisis de los riesgos e intereses vitales en los recursos energéticos. A lo largo de la historia, se han observado conflictos por fuentes primarias como el carbón en el siglo XIX, el petróleo en el XX y, recientemente, el gas natural o minerales estratégicos. Sin embargo, mientras occidente se obsesionaba con la seguridad de rutas como el Estrecho de Ormuz o los gasoductos de Eurasia, ha crecido silenciosamente una amenaza estructural mucho más letal para la supervivencia. Una amenaza que afecta directamente a la capacidad básica para alimentar a las poblaciones en un mundo demográficamente explosivo.

Para comprender debidamente las dimensiones de este problema, en primer lugar, es necesario aclarar cierto principio agrónomo vital, la «Ley de Liebig» o Ley del Mínimo. Este principio establece que el crecimiento de un organismo, en este caso, los cultivos agrícolas que sostienen a la humanidad, dependen de que todos los factores involucrados en su desarrollo lleguen a un mínimo. No está dictado por la suma total de los recursos disponibles en el ambiente, sino por el recurso más escaso, lo que significa que, si uno de ellos está por debajo de su nivel óptimo, se convierte en el elemento limitante para la salud de la planta. Pues bien, en la agricultura moderna ese factor limitante es el fósforo.

El fósforo es un elemento insustituible para la producción de alimentos, debido a la ausencia de alternativas naturales y la imposibilidad de ser desarrollado de manera sintética. A diferencia de los hidrocarburos, que pueden ser sustituidos por energías renovables o nucleares, el fósforo es un elemento cuya demanda es completamente inelástica: las sociedades pueden elegir consumir menos energía, pero no pueden elegir dejar de comer.

En este escenario desigual destaca un actor clave: el Reino de Marruecos, quien concentra alrededor del 70% de estas reservas y desempeña, por tanto, un papel central en el control de las cadenas globales de suministro alimenticio. A través de una gestión estratégica y centralizada de su sector de fosfatos y de la empresa estatal OCP (Office Chérifien des Phosphates), ha superado su rol tradicional de mero exportador de materias primas para convertirse en una «superpotencia en la sombra».

La hegemonía marroquí no siempre fue tan evidente como lo es hoy en los gráficos oficiales de los organismos internacionales, fue consolidada gracias a un informe del International Fertilizer Development Center (IFDC) publicado en 2010. Según los datos que fueron posteriormente aceptados e incorporados por el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), las reservas marroquíes pasaron, de la noche a la mañana, de una estimación de 5.700 millones de toneladas a la cifra astronómica de 50.000 millones de toneladas.

Esta maniobra estadística logró consolidar la narrativa de la indispensabilidad de Marruecos. Al controlar, de cara al mundo, más del 70% de las reservas mundiales de fosfato, la monarquía alauita se aseguró inmunidad diplomática estructural: el sistema alimentario mundial no puede permitirse que Marruecos caiga o se desestabilice, pues de él depende la alimentación de las generaciones futuras.

Aunque Marruecos controla el monopolio global de fosfatos, las estructuras físicas que permiten la obtención de estos recursos naturales vitales fueron desarrolladas, paradójicamente, por nosotros, es decir, por la ingeniería y el capital del Estado español. Resulta imposible desligar el auge geopolítico de Marruecos del traumático y no resuelto proceso de descolonización del Sáhara Occidental y, específicamente, de la explotación de la mina de Bou Craa.

Tras los descubrimientos del inmenso potencial minero del yacimiento de fosfatos Bou Craa en 1963, el Estado español, a través del Instituto Nacional de Industria (INI), constituyó en 1969 la empresa Fosfatos Bou Craa (Fosbucraa). España diseñó un complejo industrial tecnológicamente muy avanzado para la época. El símbolo más potente de esta inversión, que aún hoy opera como la pieza clave los beneficios económicos de la ocupación marroquí del territorio, es la cinta transportadora de fosfatos.

Hoy en día, la mina de Bou Craa cumple una doble función vital para Rabat. Los beneficios del fosfato saharaui subvencionan en gran medida los costes militares y administrativos de la ocupación del territorio. Es un conflicto que, gracias a la infraestructura dejada por España, se autofinancia.

Al poseer más del 70% de las reservas mundiales de roca fosfática, Marruecos se ha consagrado como guardián de las de las cadenas de suministro alimenticio globales, ocupando una posición de vital importancia a través de la llamada «diplomacia del fosfato o los fertilizantes». Este plan de acción puede apreciarse con especial eficacia en África Subsahariana. La propuesta que Rabat presenta a sus socios africanos es clara y pragmática: seguridad alimentaria y desarrollo agrícola a cambio de influencia política y apoyo en foros internacionales.

El caso de países como Brasil o la India muestra la vulnerabilidad de las potencias agrícolas globales que dependen de la importación de fertilizantes provenientes del fosfato marroquí para mantener la productividad de sus suelos. Para Brasilia, mantener el flujo de fosfatos desde el Magreb es una cuestión de seguridad nacional, lo que otorga a Marruecos un instrumento de presión clave sobre la mayor economía de América Latina. 

En este sentido, Marruecos ha pasado de ser un simple exportador, a constituirse como un actor clave para el futuro de la sociedad mundial. Esta posición de superioridad estratégica afecta enormemente al Estado español más allá de la paradoja de la mina de Bou Craa. Para España, que el monopolio de la roca fosfática se encuentre en manos de Marruecos supone una debilidad estratégica abismal ante su mayor enemigo. ¿Quién dice que el día de mañana Marruecos no nos exigirá concesiones territoriales a cambio de fosfatos para materializar el proyecto del Gran Marruecos, de la misma forma que lo utiliza actualmente para reafirmar su soberanía sobre el Sáhara Occidental?

David García Sánchez

graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid, y amante de la actualidad, la geopolítica y la seguridad y defensa. Su foco de atención se encuentra, principalmente, en el continente africano, inmerso en un interesante proceso de desarrollo interno y desafíos comunes, además de ser el continente con mayor cantidad de recursos naturales.
Tiene una gran pasión por la divulgación y la comunicación, como deja ver mediante su colaboración en MUNDIARIO; o la participación en otras actividades orientadas a este sector, como Congresos y Conferencias.

David García Sánchez

David García Sánchez

graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid, y amante de la actualidad, la geopolítica y la seguridad y defensa. Su foco de atención se encuentra, principalmente, en el continente africano, inmerso en un interesante proceso de desarrollo interno y desafíos comunes, además de ser el continente con mayor cantidad de recursos naturales. Tiene una gran pasión por la divulgación y la comunicación, como deja ver mediante su colaboración en MUNDIARIO; o la participación en otras actividades orientadas a este sector, como Congresos y Conferencias.

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