En la actualidad existen diferentes dinámicas mediante las cuales los Estados promueven sus intereses y cultura en el extranjero con el objetivo de acercarse a otras sociedades y forjar o reforzar vínculos. Estas actividades, que abarcan desde los idiomas, el intercambio de estudiantes, la exportación de comida, la música, el deporte o las artes escénicas, se denominan “diplomacia cultural”.
La diplomacia cultural supone un componente esencial de la diplomacia pública. Gracias a su aplicación los Estados pueden expandir su influencia sobre la opinión popular a nivel regional o mundial con gran impacto sin emplear la coacción o la fuerza, lo que se denomina poder blando o “soft power” (término acuñado por Joseph Nye en 1990).
Antes que nada, es importante destacar que no se debe confundir la diplomacia cultural con la propaganda, pues el objetivo de la primera tiene un trasfondo mucho más profundo. La propaganda pretende causar una impresión concreta en el corto plazo para atender a fines específicos, así como una campaña electoral o un posicionamiento político; mientras que la diplomacia cultural trabaja en el medio-largo plazo y busca forjar un sentimiento acumulativo que permanezca en el tiempo.
Los instrumentos tradicionales de los Estados para producir diplomacia cultural son los Institutos Culturales, entre los que destacan el Instituto Cervantes en España, el Goethe-Institut en Alemania, el British Council o el Instituto Confucio por parte de China. No obstante, existen otros medios muy efectivos, así como los eventos culturales, destacando el Oktoberfest alemán o el día de San Patricio irlandés; el programa de intercambio Erasmus en Europa; la exportación de deportes nacionales como la NFL o la NBA (recientemente llegados a España por parte de EE. UU.); o la gastronomía, que se puede apreciar de forma clara a través de la popularidad internacional de la comida japonesa (especialmente el sushi), la india o la mexicana.
Uno de los grandes exponentes de la diplomacia cultural en la actualidad es China. La potencia asiática busca reforzar sus lazos con los países de la África subsahariana, región en la que cuenta con grandes intereses geopolíticos en el contexto de la Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road iniciative). Para ello tiene planes de construir su primer museo dedicado a la historia y cultura africanas con el fin de mostrar a la sociedad china la riqueza del patrimonio africano mediante obras de arte y relatos históricos. Además, esta iniciativa busca apoyar la cooperación entre académicos y artistas chinos y africanos con el fin de construir un patrimonio cultural conjunto que fortalezca los lazos de amistad entre ambos pueblos.
El fin último de la diplomacia cultural es la creación de espacios simbólicos de diálogo donde las diferencias no son percibidas como amenazas, sino como un punto de encuentro para el reconocimiento, la interacción e incluso la negociación. Este tipo de espacios dan lugar a la integración y al aumento de confianza sobre el contrario, lo que posteriormente puede desembocar en cooperación económica, política o de otro tipo, tendiendo puentes de comunicación fluida entre Estados o potencias entre las cuales la vía política formal está bloqueada.
Por todo ello, la diplomacia cultural supone una eficiente alternativa al uso de la fuerza. Se trata de una forma de poder blando orientada a influenciar a terceros Estados en favor de los intereses nacionales, ganando cada vez más peso debido a los efectos de la globalización y la interconectividad


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