ntre las diversas acepciones de la palabra dignidad, elegiré aquella que nos habla del respeto y la estima que merece una persona por su calidad humana irreprochable. Es decir, porque se comporta con gravedad, decencia, caballerosidad, nobleza, decoro, generosidad, hidalguía o pundonor.
Tal vez la principal característica de la dignidad es la autenticidad, el respeto a uno mismo, lo que supone alejarse de la falsedad y del autoengaño y eludir la búsqueda de halago, recompensa y reconocimiento por parte de los otros.
Es contraria a la manipulación y a la instrumentalización de los otros por medio de la mentira. Al proclamar la verdad, se reconoce la dignidad de las personas, como seres libres y racionales que merecen y tienen derecho a conocer la realidad.
La dignidad implica coherencia moral entre principios y hechos, incluso en situaciones comprometidas y cuando pueden sobrevenir perjuicios.
El servilismo y la dignidad son conceptos radicalmente opuestos: el servilismo supone la renuncia voluntaria a la propia dignidad, o su degradación, y la subordinación ciega y humillante ante el poder o los deseos de otra persona. En tanto que la dignidad es la autoafirmación de los principios y valores propios.
Quien no es dueño de sus propias decisiones y actúa sin libertad ni criterio moral, vive en el servilismo y se convierte en instrumento de intereses ajenos. En resumen, el servilismo implica renunciar a la dignidad a cambio de la conveniencia.
Cuando hablamos de «perder la dignidad” o «actuar con dignidad», nos referimos a actitudes y comportamientos concretos ante los diversos escenarios de la vida: ya fuere en el terreno familiar, profesional, social o político.
Quien acepta humillaciones de forma callada, se comporta sin coherencia, cambia con frecuencia sus criterios, incurre en omisiones, admite consignas sin un análisis previo de su contenido o se pliega a tergiversar la verdad, está perdiendo la dignidad. En definitiva, estamos ante alguien que ha perdido el respeto a sí mismo y, en consecuencia, también ha perdido el respeto de los demás.
Actuar con dignidad implica decir sí o no cuando corresponde, renunciar a cargos y prebendas al sentirse presionado, mantener el propio criterio frente al poderoso. Justificar determinadas conductas en la “obediencia debida” o la “lealtad”, puede ser un mero subterfugio para mantener ventajas personales.
Durante las últimas semanas un buen ramillete de “servidores públicos” ha incurrido en mentiras, contradicciones flagrantes, tergiversaciones, ocultaciones, decisiones erróneas no reconocidas, negación de la evidencia… y han perdido la dignidad sin escrúpulos, no se han respetado ellos mismos y, como consecuencia, han perdido también el respeto de una parte de la sociedad; naturalmente, si carecían de esa cualidad, nada tenían que perder.
Siempre se puede recurrir a Rabindranath Tagore para explicar una realidad, un concepto, una situación o una idea. Pará él, la dignidad es un estado «Donde la mente está libre de temor y la cabeza se mantiene erguida…».


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