¿…Y por qué? …, ¿y por qué? …, y cuando el adulto ya no acierta a dar más explicaciones, contesta: “Cuando seas mayor te lo explico, ahora no lo entenderías”. En el fondo lo que ocurre es que no sabemos dar una respuesta satisfactoria al niño o carecemos de la paciencia para hacerlo. Este diálogo de un adulto con un niño, bastante frecuente, tiene un importante efecto negativo, si se repite, porque irá debilitando su curiosidad.
La curiosidad es natural desde la niñez, cuando empezamos a explorar el mundo que nos rodea para conocerlo y entenderlo, cuando balbuceamos las primeras palabras para expresar deseos, descubrimos nuestras debilidades, nos extasiamos ante el vuelo de un pájaro o el oleaje, entramos en una habitación siempre cerrada y oscura…
No dar respuestas convincentes de forma reiterada, hará que el niño se inhiba o se frene su curiosidad. Al actuar de esta forma estamos olvidando que la curiosidad es una cualidad innata en el ser humano, sobre la que se sustentan el aprendizaje, el conocimiento, el desarrollo de la imaginación, la creatividad, la iniciativa…
El fomento de la curiosidad infantil, implica concederle iniciativas, aunque se equivoque al tomarlas, porque aprender bajo el principio de error-acierto es fundamental en el proceso de formación. Penalizar el error como norma, obstaculiza el aprendizaje ante el temor a equivocarse, la aplicación de un correctivo o sentirse avergonzado. La experiencia de vivir el propio error es sumamente educativa.
Ya en la adolescencia, la curiosidad servirá para cultivar el pensamiento crítico, la reflexión, potenciar la iniciativa, la creatividad y el emprendimiento, descubrir nuevos horizontes y posibilidades y afrontar los nuevos retos que la vida nos va presentando.
En cualquier etapa de la vida la curiosidad sigue siendo fundamental, el deseo de explorar, conocer, acometer iniciativas… pero en la vejez tiene un sentido especial. Hay que evitar identificarse con las personas a las que se refiere Antonio Machado “Los que están siembre de vuelta de todo y no han ido nunca a ninguna parte.”
Eludir el deseo de indagar sobre el mundo que nos rodea cuando alcanzamos la vejez, supone desentenderse de los continuos y rápidos cambios sociales, tecnológicos, culturales, ideológicos… lo que nos conduce, necesariamente, al aislamiento, a convertirnos en una pasa, al no comprender nuestro entorno. Naturalmente, conocer no significa compartir.
Perder la curiosidad supone caer en el pesimismo de aceptar refranes como “Cualquier tiempo pasado fue mejor” o ”Tiempo pasado traído a la memoria, da más pena que gloria.” Es necesario mantener siempre abierta la ventana de la curiosidad… hasta que un viento no deseado la cierre de forma intempestiva.
Evitemos la vejez prematura por falta de interés en el mundo que nos rodea. @mundiario


¡¡Bravo!!. Completamente de acuerdo. ¿Y lo maravilloso que son los por qué de las pequeñas cabecitas que quieren entrar en la burbuja del conocimiento?.
Para mi un placer tanto con mi hijo y ahora disfrutando de los «por qués» de mi nieto.
Los mayores. Ah los mayores, donde la mayor tendencia es quedarse parados en el siglo X X es una pena que se dejen morir intelectualmente. Pero cada uno vive la vida como quiere o puede.
Y no nos olvidemos ¿ qué sería de los científicos si no basaran su inquietud y profesión en la curiosidad?
¿¿En la época del cromados??