La historia personal de Xi Jinping es verdaderamente alentadora, incluso parece sacada de una novela de superación. El que hoy es considerado una de las tres personas más poderosas del mundo tuvo unos orígenes bastante controvertidos que no cualquiera podría superar, recalcando así el perfil del actual mandatario chino como alguien verdaderamente nacido para triunfar en la vida política.
Xi Jinping nació en Pekín en 1953. Hijo de Xi Zhongxun, héroe de la revolución comunista y viceprimer ministro de la República Popular China, pasó sus primeros años de vida rodeado de privilegios, así como acceso a escuelas de élite o pertenencia a círculos intelectuales y políticos muy cercanos al poder estatal. Desde su nacimiento, Jinping parecía destinado a ser una personalidad verdaderamente influyente en la élite de la nueva China popular. No obstante, su vida sufriría un giro radical que forjaría poco a poco su carácter resiliente e incansable.
A principios de los años sesenta su padre fue acusado de “desviacionismo”, es decir, de no seguir la línea del Partido Comunista y tener opiniones propias sobre aspectos como la economía, las políticas o la revolución, por lo que fue detenido y sometido a humillaciones públicas. Desde este momento, la familia Xi pasó de la élite política a la marginación social y el joven Jinping pasó de ser el hijo de un héroe a ser el hijo de un traidor, designación que arrastraría durante una gran época de su vida y limitaría todo tipo de esfuerzo por hacer carrera política.
Durante la Revolución Cultural (iniciada en 1966), las familias purgadas eran objeto de linchamientos y “sesiones de lucha”, actos públicos de humillación y castigo con el objetivo de reeducar a aquellos considerados enemigos de la revolución. En este sentido, Xi Jinping pasó una adolescencia marcada por el miedo, la vergüenza social y el aislamiento, provocando en él ciertos traumas que harían que posteriormente hiciese todo lo posible para que nadie de su círculo pasase por situaciones similares nunca más.
En un primer intento por intentar cambiar el rumbo de su vida y limpiar su imagen, el joven Jinping quiso afiliarse al Partido Comunista, aunque fue rechazado en numerosas ocasiones provocándole un severo vacío existencial. Sin embargo, en lugar de sumirle en un estado depresivo, estos rechazos forjaron en él ciertas virtudes que le serían indispensables para posteriormente llegar a ser quien es hoy en día, convirtiéndole en una persona paciente, extremadamente prudente y tenaz.
El desarrollo de estas cualidades sumado al trabajo duro como medio para el reconocimiento social provocó un cambio en su interior. Jinping comenzó a aceptar su situación y tras convertirse en el trabajador más destacado de la provincia en la que residía fue nombrado secretario del partido del pueblo, superando así su origen manchado.
Desde este momento su serte comenzaría a cambiar. En 1975 fue admitido en la Universidad de Tsinghua, algo impensable unos años atrás, lo que acabó por consolidar su rehabilitación dentro del sistema. No obstante, aunque recuperó el acceso a la educación superior, Xi estaba condicionado por el estigma del pasado: debía actuar con extremada prudencia, evitando errores que en un sistema impredecible podían costar una carrera o incluso la libertad. En ese periodo aprendió a prosperar sin llamar la atención, interiorizando una forma de ascenso silencioso y metódico que más tarde se convertiría en su sello personal.
La trayectoria de Xi Jinping, marcada por la caída familiar, la humillación pública y el exilio rural, revela una resiliencia excepcional que explica su ascenso a la cumbre del poder en China. Aquellos años de adversidad moldearon su convicción de que solo un liderazgo centralizado y fuerte puede garantizar estabilidad y orden, lecciones que hoy se reflejan en su firme control del Partido, del Estado y del ejército. El Xi adulto emerge así de una mezcla de cautela, paciencia y una comprensión muy íntima de los peligros del poder.


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