La reciente festividad de Santiago Apóstol, patrón de España y de Galicia, invita reflexionar sobre el Camino.
Durante siglos, cristianos de toda Europa peregrinaron a Compostela, tanto por el Camino Francés -desde el centro y sur de Europa- como por la Ruta Marítima a La Coruña y otras ciudades gallegas – desde Finlandia, Estonia, Lituania, Letonia, Polonia, Alemania, países escandinavos, Islas Orcadas y Feroes, Gran Bretaña e Irlanda-, para postrarse ante el bimilenario sepulcro del Apóstol Santiago.
Y lo hicieron rodeados de dificultades, peligros, renuncias y riesgos diversos, impulsados por la Fe y la Tradición.
El Camino ha sido, y debería seguir siendo, sobre todo, vía de espiritualidad y transmisión de los valores del humanismo cristiano, origen y esencia de Europa.
En torno al Camino, se erigieron monasterios, humildes ermitas, hospitales de acogida y monumentales catedrales; se desarrolló una cultura jacobea en los ámbitos de la pintura, la escultura, la música y la literatura. También fue vía de intercambio social multilateral y de costumbres entre países muy distantes y muy distintos; la fraternidad impregnó a los peregrinos y a quienes les acogían, del espíritu evangélico del buen samaritano.
La identidad del Camino sigue siendo la misma, aunque son numerosos los caminantes que lo hacen motivados por la aventura, la admiración del paisaje, el deporte, el intercambio cultural, la diversión, …
Estas motivaciones, todas ellas respetables, no deberían hacernos olvidar su verdadero carácter, su identidad. Hoy, más que nunca, es necesario un firme compromiso para conservar y preservar su espíritu genuino, ante el riesgo real del olvido y de la erosión que vive la civilización cristiana.
Ese compromiso debe ponerse en práctica sin exclusiones ni anatemas, con el espíritu del buen samaritano y con la misma convicción y fortaleza que lo hicieron quienes atravesaron Europa durante doce siglos para postrarse ante el sepulcro Santiago.
Hace 75 años, los fundadores de lo que hoy es la UE, fervientes cristianos, dejaron patente el espíritu con que nacía: crear una nueva Europa, basada en la fraternidad entre los pueblos, tras la experiencia de una cruel guerra.
Esa idea del cristianismo se encuentra también en la bandera la UE, que rememora las doce tribus de Israel, los doce apóstoles y las doce estrellas de la señora a la que se refiere el capítulo XII del Libro del Apocalipsis. Finalmente, su himno oficial está basado en el cuarto movimiento de la novena Sinfonía de Beethoven y en la Oda a la Alegría de Schiller, ambos cristianos, un canto a la fraternidad que debería reinar entre los seres humanos, principio básico del cristianismo.
El espíritu del peregrino es una lección personal para la vida diaria de trabajo, familia, amistad: el alma abierta de par en par para que reciba el aire fresco y nuevo de cada día.


Gracias Alfonso por tu buen hacer con las letras; en este caso, sobre los caminos y variedades de peregrinaje a la tumba del Apóstol.