Una de las características que definen a la sociedad actual es el consumismo, con un matiz importante que acrecienta sus consecuencias negativas: el “aquí y ahora”, la gratificación instantánea. No hay lugar para la espera: ¡todo debe ser ya!
Un estilo de vida que prioriza permanentemente la satisfacción efímera sobre la reflexión implica vivir al día, con la ansiedad derivada de la incertidumbre acerca de si también mañana podré tener lo que deseo y, probablemente, con una inevitable frustración.
De manera que quedamos desarmados ante los obstáculos que la vida cotidiana pone ante nosotros. Otra consecuencia será la cronificación de la insatisfacción, porque en los sucesivos mañanas anhelaremos nuevos bienes, tendremos otras aspiraciones, querremos más y entraremos en una espiral sin fin.
Desde la perspectiva económica, quien vive instalado en el “aquí y ahora” y carece de los recursos necesarios para mantener ese hábito corre el riesgo de incurrir en inestabilidad financiera, al recurrir de forma compulsiva a compras a plazos, créditos al consumo o tarjetas de crédito, desatendiendo obligaciones familiares y otros compromisos.
El permanente crecimiento de la demanda de los más variados bienes de consumo colabora de forma decisiva en el agotamiento de determinados recursos naturales y en el impacto medioambiental derivado de la cultura de usar y tirar, que tiene además un importante coste económico en la gestión de residuos.
Desde el punto de vista estrictamente personal, esta cultura del “aquí y ahora” impide el desarrollo de cualidades fundamentales como la paciencia, la capacidad de espera y el autocontrol; también dificulta la reflexión acerca del grado de utilidad o necesidad de las cosas y de su jerarquización. La irreal sensación de plenitud de nuestra “despensa de ilusiones” acabará provocando un sentimiento de culpa ante la acumulación de objetos inútiles, porque siempre habrá algo más que alcanzar.
Obviamente, existen numerosas herramientas que nos empujan hacia la inmediatez del consumo, como la publicidad en todos los ámbitos de la sociedad: la calle, los espectáculos, el deporte, el ocio, los medios de comunicación, las redes sociales e incluso los propios productos que compramos y exhibimos.
Las grandes plataformas de consumo ofrecen una enorme variedad de productos, rapidez en el envío y facilidad de devolución. Además, utilizan colores atrayentes, sistemas de acumulación de puntos para futuras compras y mensajes de oportunidad y urgencia como “últimas unidades”, “solo hoy”, “a un clic”, “las primeras 100 compras del día”, “stock limitado” u “otros clientes como tú han comprado…”.
La diversidad de medios de pago aplazado de las propias plataformas vendedoras, a través del contundente mensaje “compra hoy, paga después”, junto con los préstamos al consumo y las tarjetas de crédito ofrecidos por las entidades financieras, constituyen auténticas invitaciones a caer en la lógica del “aquí y ahora”.
Finalmente, las “cookies” que utilizan las páginas web en las que buscamos información sobre un libro, un viaje, un concierto, ropa, música o películas acumulan datos de los usuarios acerca de sus gustos y preferencias, edad aproximada, lugar de residencia, sexo, idioma, horario de conexión, productos buscados o dispositivos utilizados. Toda esa información será empleada para personalizar los mensajes publicitarios.
La compulsión del “aquí y ahora” se basa en la suma de personalización del mensaje, sensación de urgencia, facilidad de pago y exhibición social, elementos utilizados por quienes quieren vendernos algo mediante el estímulo permanente del deseo, hasta llegar a hacernos creer que en eso consiste el bienestar. @mundiario


0 comentarios