l uso de las palabras debe ser racional, consciente, para referirnos a un concepto, a la idea que deseamos expresar. La palabra es el continente, o la etiqueta, y el concepto es el contenido, la idea mental que queremos comunicar.
Con frecuencia, usamos palabras influenciados por las modas, la publicidad, los extranjerismos, por quienes hablan en público -políticos, actores, presentadores…-, sin detenernos a pensar si el continente utilizado expresa adecuadamente el concepto.
Hasta los años noventa del pasado siglo, el uso del término ciudadano en discursos y alocuciones institucionales era lo
habitual -en torno a un 90%- y el uso del término ciudadanía, un 10%. En la actualidad la frecuencia del uso de ambos vocablos ha experimentado un vuelco a la inversa.
A lo dicho se añade un hecho significativo: el progresismo utiliza ciudadanos con menos frecuencia que ciudadanía. En los partidos de centro y de derecha esas proporciones se convierten en 70% para ciudadanos y 30% para ciudadanía.
Es decir, hemos pasado de ser ciudadanos a constituirnos en ciudadanía, asunto no baladí. El concepto de ciudadano pone el acento en la persona, individualmente considerada, sujeto de derechos, obligaciones y responsabilidades en un Estado. La ciudadanía evoca al conjunto de ciudadanos de una población o
un Estado.
Usar esta segunda expresión supone sacar el foco de la individualidad de la persona, sujeto de derechos y obligaciones en una comunidad, para ponerlo en el colectivo en el que está integrado. Es decir, pasamos de lo concreto a lo abstracto, del individuo al grupo, que pasa a ser considerado como un sujeto colectivo homogéneo. La ciudadanía es un abstracto que no vota, no tiene derechos, quienes los tienen son los individuos.
El ciudadano, individuo, tiene necesidades personales y tiene mucho que ver con el arraigo -concepto tan de actualidad política hoy-, las necesidades colectivas son consecuencia de su pertenencia al grupo, por formar parte de la ciudadanía.
El vocablo ciudadanía empezó a utilizarse como término inclusivo, es decir, en aras de la economía del lenguaje, para evitar el
desdoblamiento en ciudadanos y ciudadanas. Hoy, sin embargo, ha pasado a tener un carácter ideológico, no inocente.
Dejando a un lado los matices de las diferentes corrientes del humanismo, éste sitúa al hombre en el centro del universo y contempla sus derechos, obligaciones, su dignidad, su libertad, su razón y su conocimiento y el desarrollo de la ética, moral e intelectualidad del individuo; en suma, hace hincapié en la individualidad de cada ser humano, diferentes unos de otros, cada uno con su propia identidad intransferible.
Ciudadanía evoca la idea de colectivo. Es un concepto abstracto, legal e institucional: la condición de pertenencia a un país, mediante vínculos jurídicos, políticos sociales e identitarios, como la cultura, el idioma, las costumbres, la historia.
Nada mejor que algún ejemplo en el que se advierte claramente la confusión. “La ciudadanía exige la dimisión de…”, idea del todo, en vez de decir “Numerosos ciudadanos piden …”, que evoca a suma de individualidades, las partes.
Así pues, ciudadano y ciudadanía son dos ideas diferentes, que se usan con frecuencia como sinónimos o con una intencionalidad ideológica progresista que tiende a confundir. Mark Twain lo expresó con enorme claridad: “La diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta, es la misma que entre el rayo y la luciérnaga.” @mundiario


0 comentarios