esde José Luis Balbín y La Clave y Fernando Ónega y La Trastienda, la evolución de las tertulias en radio y televisión ha sido notable.
Las tertulias políticas en el conjunto de las cadenas de televisión españolas ocupan entre un 10-15% de su programación, llegando al 30-40% en canales especializados; en radio oscila entre el 25 y el 35%.
La explicación parece encontrarse en el bajo coste de producción de estos programas y en el impacto de audiencia, sobre todo en momentos de información llamativa.
Tal vez, la principal crítica a estos formatos es la polarización en las cadenas que invitan a contertulios que opinan lo que sus oyentes más adictos quieren escuchar. Por otra parte, los “errores”, en ocasiones, son flagrantes e infrecuente su reconocimiento. Naturalmente, se trata de una opción de política comercial que producirá los resultados económicos deseados.
Otro comentario habitual es que los tertulianos suelen ser especialistas en casi todo, sean temas jurídicos, económicos, militares, política interna o internacional, delincuencia, inmigración… Naturalmente, la escaleta de cada programa será conocida previamente por los opinadores para que puedan preparar sus intervenciones, pero… encontramos a muchos sabios.
Hay participantes que acaparan micro o pantalla con largos y cansinos discursos introductorios de la opinión que van a exponer; cuando se trata de una entrevista, es frecuente que asuma el protagonismo quien pregunta y no el entrevistado. ¿Antes de la emisión, el director da alguna pauta o eso sería atentar contra la libertad de opinión?
¡¿Qué decir del solapamiento de las intervenciones?! Hablan varios al mismo tiempo sin que el moderador atempere los impulsos de los participantes. Y la audiencia, sobre todo la de dureza auditiva, se desespera porque oye ruido, pero no puede escuchar y, por lo tanto, entender.
Las interrupciones entre contertulios son usuales, sobre toda para rebatir las ideas del que está en uso de la palabra o va a dar una “primicia” antes de que se la pisen. También en estos casos se echa en falta la labor del presentador. En muchos casos, son ellos mismos los que interrumpen al tertuliano al que acaban de conceder la palabra.
El sonido se resiente en algunas cadenas: sin tocar el botón del volumen, se oye más alto o más bajo, según qué tertuliano hable. Tal vez, el tipo de micrófonos utilizados y/o por el control de sonido. La audiencia estaría encantada con un sistema que asegurase un volumen constante.
¡Ah, los que hablan a una velocidad endiablada!, resulta difícil seguirles; si se añade una dicción mejorable y un tono cambiante, el problema es mayor.
Cuando la información se complementa con cuadros sinópticos, no sería necesario que el presentador los lea, deberían dejar al oyente que lo haga él. Con frecuencia, otras informaciones escritas o en imágenes, se pasan en bucle con una rapidez que no permite leer ni ver. La imagen fija más tiempo y evitar la repetición sucesiva.
Los rótulos escritos en los faldones de la pantalla, con frecuencia recibirían suspenso por parte de un profesor de gramática no demasiado exigente.
Debate sí, opinión también, pero sin perjudicar la información ni la verdad. Iñaki Gabilondo afirmó: “Un buen presentador no es el que más habla, sino el que mejor sabe escuchar”, principio aplicable a cualquier ámbito de la vida. @mundiario.


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