Según el Índice de Percepción de la Corrupción, España ocupaba el 30º puesto en el año 2012 y el 49º en el 2025. Es decir, hemos descendido 19 puestos y la puntuación ha bajado desde 65 puntos a 55. La media de la UE en el año 2025 fue de 64 puntos.
Otro dato: la corrupción ocupa el cuarto lugar entre las preocupaciones de los españoles, tras vivienda, economía e inmigración.
Para qué citar casos, tramas, partidos, artimañas, localización geográfica… Están en la mente de todos. Y cada día nos sorprende algo peor. ¿Hasta dónde?, ¿hasta cuándo?
¿Qué está sucediendo? Tal vez, vemos la corrupción como algo irremediable, siempre que no sea excesiva, porque se nos está encalleciendo la conciencia, hasta el punto de relativizarla y tolerarla.
¿Se puede hacer algo? Tal vez por la vía de la formación en la escuela y en la familia. Supongo que la clase política estaría de acuerdo en que en las escuelas se enseñaran, entre otros, valores como la solidaridad, la honradez –la honestidad es otra cosa-, el servicio a los demás, la tolerancia, el espíritu crítico, aprender a elegir referentes de ejemplaridad, reflexionar, criticar, denunciar…
Los intelectuales del regeneracionismo pisaban el mismo suelo que el pueblo y lo decían con palabras sencillas, como Joaquín Costa, que defendía “la despensa y la escuela” y renegaba de “oligarcas, caciques, gandules y convidados del presupuesto”.
Quien corrompe conoce las debilidades del elegido para ser corrompido, ya sea codicia, vanidad, lujo, ostentación, afán de poder… sus vicios, que usan habilidosamente como lo hacen los pescadores al curricán o al lanzado, moviendo el señuelo para atraer a la presa.
En muchas ocasiones pican el anzuelo individuos que han sido considerados socialmente referentes éticos por su comportamiento, reflexiones públicas, estilo de vida… Y nos echamos las manos a la cabeza, incrédulos, despreciando indicios, negando evidencias y denostando a quienes las ponen al descubierto y a los que tienen el deber de perseguir el delito.
No estamos dispuestos a admitir el engaño de los hipócritas de doble vida y una ejemplaridad de cartón piedra con apariencia de credibilidad.
No admitir ante nosotros mismos el engaño, ciega a la razón y nos induce a hablar de persecución, injusticia, doble rasero e, incluso, como estamos viendo con frecuencia, de prevaricación.
Tal vez los más osados, contundentes y reiterativos han sido los ministros Óscar López y Óscar Puente, en ejercicio de “la libertad de opinión”. Y lo hacen pese a que una cosa es la libertad de opinión y otra la atribución de un delito, que obliga a denunciarlo a quien sabe de su existencia. La Ley de Enjuiciamiento Criminal regula esta obligación de denuncia con carácter general y con un plus de responsabilidad cuando, quien incurre en la palabrería y en la omisión, ostenta cargo público.
Quienes creen en la parcialidad de “algunos” jueces disponen de procedimientos para evitarla, en vez de limitarse a hablar: recusación; recursos ordinarios; pedir la anulación de lo decidido; exigir responsabilidades, ya sea por la vía penal o por la vía disciplinaria ante el CGPJ; finalmente, ejercicio de la responsabilidad civil para reclamar una indemnización económica al Estado por los daños causados, debidos a un error judicial o un anormal funcionamiento de la Administración de Justicia.
Y si no lo hacen, deben callar para siempre. Tirar la piedra y esconder la mano es mezquino y torticero. @mundiario.
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